Que, antes que nada, en estos días de guardar le dirijas la luz del entendimiento al cerebro y al corazón del Presidente Felipe Calderón.
Que le hagas comprender que nadie está atacando lo que él cree que será la gran herencia de su gobierno.
Que lo que muchos mexicanos hacemos es cuestionar el método —sin estrategia— que eligió en una guerra contra el narcotráfico fallida y perdida.
Que ésta no es una afirmación para insultarlo o hacerlo enojar, sino basada en tres hechos incontrovertibles: cada vez hay más muertos, más consumo de drogas y más control del narco en el territorio nacional.
Que le recordamos que en su campaña se comprometió a ser el Presidente del empleo y nunca el de la violencia.
Que por eso no pocos creemos que, ya en la Presidencia, inventó lo de la guerra al crimen organizado para sacar al Ejército a las calles y demostrar quién manda. Para legitimizarse luego de una elección tan cuestionada.
Que por eso, por su apresuramiento, no empezó por limpiar la casa, es decir los cuerpos militares, policiacos y de procuración de justicia, muchos de cuyos funcionarios y jefes no sirven al país porque están en la nómina de los cárteles; nadie puede ganar así ni siquiera una batalla. Que no se acelere declarándonos también la guerra a quienes no pensamos como él; tiene que ser tolerante e incluyente.
Que lo que le pedimos millones de mexicanos es que reenfoque sus prioridades: la obligación fundamental de cualquier Estado moderno es proteger a los ciudadanos y no necesariamente exterminar a los criminales; menos aún con las balas cruzadas que también matan hombres, mujeres y niños inocentes.
Que un solo muerto ya debería dolernos; que ya padecemos 40 mil dolores que además se multiplican en muchos miles más de parientes y amigos.
Que admita que en ningún otro lugar del mundo “desaparecen” miles de personas —muchas de ellas a manos del Ejército— para luego del suplicio de la incertidumbre “reaparecer” en la atrocidad de las fosas clandestinas.
Que trate de ponerse en el lugar de las empleadas de maquiladoras en Juárez, que tienen que caminar kilómetros de madrugada para volver a casa; de los que saben que tomar un camión en Tamaulipas es jugarse la vida, de las madres y padres que han visto morir en sus brazos a sus hijos por los disparos de los soldados en un retén, de cualquier mexicano de a pie, que vive una realidad muy distinta a la que disfrutan él y sus funcionarios con sus autos blindados, sus escuadrones de guaruras y la realidad vista a través de una laptop o la ventanilla de su jet privado.
Que reflexione si de verdad piensa llegar a 60 o 70 mil o “tantos muertos como sean necesarios”.
Que si no le importa pasar a la historia como el presidente de la muerte y la sangre. Que a nosotros ya se nos acabaron las palabras para intentar describir lo que han sido estos años de su presidencia.
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